Fue antes de la declaración del estado de alarma por la COVID 19 cuando dejé de publicar en el blog, y mi presencia en redes ha sido prácticamente como observadora estos últimos meses.

La que se ha liado, ¿eh?

Pueda parecerte que estamos siendo testigos de un capítulo más o menos relevante de la historia o no, lo que sí es cierto es que está todo muy revuelto. A nivel personal, familiar, social, político, económico…

A veces me da la impresión de que las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. ¡Cuánta solidaridad hemos visto estos días! ¡Y cuántas estupideces hemos aguantado con la balkon Gestapo! Pero no es que a algunas personas les venga bien y a otras mal el confinamiento, sino que parece que en función del día y las circunstancias, todxs hemos pasado por diferentes estados emocionales más o menos intensos, en un intento por adaptarnos a esta situación.

¿Por qué he desaparecido?

(¡Y lo que me queda!) A nivel personal, por puro agotamiento. Llegó un punto en que no daba abasto entre casa – consulta – blog – vida. Hola, qué tal, soy un ser humano con sus necesidades. Mi ocio era prácticamente inexistente, dados los niveles de estrés y cansancio. Llegaron (para quedarse) una preciosa lumbalgia y una meralgia parestésica que ni infiltrándome se me han quitado. Todo alegría y diversión.

A nivel profesional, los motivos de mi desaparición son un poco más complejos. El primero, por la mera depreciación del producto. Es decir, si todas las psicólogas en redes sociales están regalando su trabajo (talleres online, prácticas de relajación, consultas gratuitas, dosieres informativos, etc.), ¿cómo demuestro que el “producto” que yo ofrezco es de calidad, merece la pena, y tal? Si total, puedes encontrar recursos “parecidos” ¡y completamente gratis! Pues mira, con estas reglas del juego, yo me retiro y así no contribuyo a petar el mercado, ¿no?

Por otra parte, respeto demasiado mi profesión como para entrar en el circo que ha llegado a montarse. Estoy harta de que, dentro de las Ciencias de la Salud, se nos considere la hermana tonta, a la que se mira con lástima en las bodas porque se taja y se limpia los morros con el mantel. Me explico: con esta crisis sanitaria, ha aumentado la demanda de profesionales de la salud. Esto es de primero de coronavirus, ya. Bueno, pues todxs estxs profesionales (aunque en unas condiciones que no son objeto de análisis en este artículo) están currando con su debido reconocimiento social y económico. Sus contratos, sus nóminas, sus días de paro y vacaciones… Vaya, lo que viene a ser currar. Vale, pues se han pedido psicólogas también, como VOLUNTARIAS. Incluso desde el propio Colegio de Psicología. Tracatrá. Pero ojocuidao, que nuestro trabajo es importantísimo, esencial, para la salud de las personas, ¿eh? En castellano esto viene a ser que, además de ser putas, ponemos la cama.

Resumiendo: como no me parece bien cómo se está valorando el trabajo de mis compis de profesión, y creo que tampoco se está valorando el mío propio, no juego.

Esta chapa no viene a decir que me parezca mal el trabajo voluntario. Yo misma colaboro con ONGs (no solo económicamente), y al principio de esta crisis sanitaria me apunté a dos listas para la atención psicológica a colectivos vulnerables (incluyendo la lista del Colegio de Psicología, sí, se me va la fuerza por la boca). He hecho también aportaciones económicas puntuales a ONGs para ayudar en la gestión de esta crisis… Es decir, voluntariado y arrimar el hombro, bien. Romantizar el trabajo de las psicólogas y pensar que, como lo hacemos (muchas de nosotras) por vocación no hace falta que se nos remunere o se nos reconozca, pues como que no.

Así que mientras siga viendo y leyendo información en esta dirección, discúlpame, pero yo voy a estar apartadita y a mis cosas.

Gracias por dedicarme tu tiempo y tu atención.