Practicar deporte de forma regular es uno de los pilares de la salud, y como profesional, es una de las recomendaciones que hago a mis pacientes antes de empezar el tratamiento propiamente dicho. ¿Quieres saber cómo combinar ejercicio físico y terapia psicológica de una forma que resulte efectiva?

Al principio de la terapia

El ejercicio físico, una buena alimentación y un sueño suficiente y de calidad son los requisitos indispensables para empezar a construir el resto de factores que influyen en nuestra salud. Lo recomendable al principio es hacer algo, aunque sea mínimo, todos los días. Basta con darle la vuelta a la manzana, o bajarnos del autobús una parada antes. Sin embargo, como pauta de tratamiento específica para los trastornos psicológicos, se debe incorporar algo más sistematizado. El mínimo son dos horas en semana.

Plantea tu entrenamiento como una actividad social más, para enriquecerte tú y aumentar tus contactos. Evita cosas como salir tú solo a correr o a nadar, y busca cierta interacción (aunque simplemente sea saludar al personal de recepción del gimnasio).

Es posible que hayas observado que no tienes el mismo nivel de energía a lo largo del día; si además no tienes el hábito de realizar ejercicio físico, lo recomendable es que lo programes en los momentos en que tienes más ganas de hacer cosas. Así te asegurarás cumplir con tus objetivos, mantener la motivación, y no frustrarte y sentirte aún peor contigo mismo por no seguir las pautas.

¡Ojo! Si estás teniendo problemas para dormir, recuerda terminar tu sesión de entrenamiento como mínimo dos horas antes de acostarte. Aunque te canses, tras la realización de ejercicio físico, tu cuerpo está activado, y eso dificulta el sueño.

Ejercicio físico y terapia psicológica durante las etapas finales

Si ya te has recuperado, o estás terminando la terapia, puedes cambiar algunas pautas del entrenamiento. El ejercicio físico se utiliza mucho para la prevención de recaídas, tanto por la secreción de endorfinas (que dan buen rollo) como por la distracción que supone.

Si partimos de la base de que ya tienes el hábito creado, tienes que fijarte de nuevo en qué momento del día estás más vulnerable y planificar tus entrenamientos en los puntos más complicados. ¿Justo cuando te levantas? ¿Si tienes demasiado tiempo libre? ¿Al salir de trabajar? ¿Cuándo terminas las clases? ¿Los fines de semana? Sea cuando sea, es ahí donde tienes que apretar. ¡Verás cómo notas la diferencia!

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