A lo largo de mi vida (personal y profesional) me he encontrado con personas con diferentes problemáticas (quizás puntuales) que no han sabido cómo solucionarlas, y sin embargo se han resistido como gato panza arriba a pedir ayuda profesional (a pesar de las recomendaciones de sus pobres familiares y amigos, que le han hecho de parachoques hasta perder la paciencia).

  1. He ido antes y no me ha servido para nada.

Vale, esta puede ser cierta. No todos los profesionales tienen la misma formación ni las mismas habilidades. Sin embargo (y debo romper una lanza por mis colegas) la Psicología es una Ciencia con mayúsculas, y los resultados de la terapia deberían ser independientes del profesional. Busca bien, pide referencias a familiares y amigos, y comprométete. Lamento tener que decirte que, al igual que hay malos profesionales, hay malos pacientes.

  1. No tengo tiempo.

¿Nada? ¿Cero? ¿De verdad?

Primero, prueba a planificarte mejor. Si aun así te resulta imposible hay opciones para poder ahorrar tiempo, tales como la terapia por videoconferencia, que si se hace de forma rigurosa tiene los mismos resultados que la presencial.

  1. No tengo dinero.

Aquí hay dos opciones: o recortas gastos y ahorras, o recurres a la Seguridad Social. Lo más probable es que el proceso sea un poco más lento y con más pasos, pero la atención está garantizada y te atenderás grandes profesionales.

  1. Me da vergüenza contarle mis cosas a una persona desconocida.

¡Y a mí! Pero recuerda que la persona que está al otro lado de la mesa es una profesional, que bajo ningún concepto va a juzgarte, que seguramente empatice rápidamente contigo e intente hacerte el trance lo más fácil posible, y (por suerte o por desgracia) es altamente probable que ya haya tratado a personas con la misma problemática que tú.

  1. Voy a ir, pero no voy a contarle nada porque debería saber qué pienso, qué siento y lo que hago porque para algo se dedica a esto.

Mi tipo favorito de paciente resistente: el que me otorga súper poderes. Dado que una vez que tienes el título de Psicología te dan la bola de cristal, el trabajo está más que chupado: te sientas, te leo la mente y te arreglo la vida en un santiamén. Fácil, rápido y efectivo.

OJALÁ. La psicoterapia es dura, requiere sinceridad, compromiso y mucho curro. Por exposición a la bata (es decir, por aparecer por consulta y estar los 45 minutos con la boca cerrada y cara de cabreo) no vas a solucionar tu malestar. De hecho, seguramente te crees más porque esa actitud de soberbia no es beneficiosa a ningún nivel: ni terapéutico, ni personal, familiar, laboral, social o de pareja.

  1. Yo soy así.

Reafirmar tu identidad está genial, no te juzgo. Pero es un hecho que escudarte en una forma de ser rígida te lleva a encontrarte mal. ¿Qué tal si empiezas a ver las cosas de otra forma? Llevas suficiente tiempo haciendo las cosas de determinada manera como para haber visto resultados, si estos te resultan poco satisfactorios, ¿por qué no cambias tu forma de actuar? Créeme que los psicólogos no cambiamos la forma de ser del personal, si no, sería súper fácil localizar a quienes han hecho terapia, porque serían pequeños clones todos, ¿no?

  1. Tampoco estoy tan mal…

Ok. Es tu opinión y es súper válida, pero ¿qué tal si le preguntas a todas las personas que te rodean? Es una suerte que no estés fatal, es genial, pero a lo mejor sí que necesitas un empujoncito.

  1. No quiero que me manden pastillas.

Genial. No lo hacemos. De eso se encargan los médicos.

  1. Es una pérdida brutal de pasta pagarle a alguien que solo se sienta ahí y te escucha.

Sí, lo es. Si vas a un psicólogo o una psicóloga y no abre la boca en toda la sesión, primero asegúrate de que respira, y después busca otro profesional.

Los psicólogos sanitarios no hacemos esas cosas, ¿por qué no pruebas a pedir cita? Una terapia bien hecha y bien llevada es tan bonita y tan enriquecedora que no deberías perdértela.

 

¿Te has sentido identificada o identificado con estas excusas? ¿Crees que te he dado motivos para que dejes de esconderte detrás de ellas?

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