Es fundamental para cualquier persona aprender a distinguir cuándo seguir a esa vocecita de nuestra cabeza, y cuándo no. Solemos relacionarnos con nuestros pensamientos como si fueran una representación del universo (interior y exterior), y perdemos de vista que el pensamiento sólo es un proceso mental.

La fusión cognitiva

Cuando no sabemos distinguir la realidad de los contenidos de nuestro pensamiento, se dice que estamos en un estado de fusión; la defusión es el estado contrario.

Las personas vivimos en un mundo demasiado verbal, y es este lenguaje el que articula nuestra mente. Sin embargo, esta mente no es un objeto físico concreto. El cerebro sí, pero la mente podría ser considerada como un conjunto de procesos. La conducta verbal, el lenguaje, es una herramienta brutal para relacionarte de forma eficaz con el mundo. No existe nada en el universo que la mente no pueda alcanzar; incluso lo más “no verbal” puede volverse “verbal” por el mero hecho de pensarlo.

La fusión, pues, es una forma de dominancia verbal en la regulación de la conducta. Piénsalo. Nos pasamos de la mañana a la noche describiendo, categorizando, relacionando y evaluando continuamente. La fusión hace difícil que puedas diferenciar entre el estímulo, y lo que se deriva de los pensamientos y descripciones sobre él; así, empezamos a responder a las construcciones mentales como si lo estuviéramos haciendo ante la realidad física.

Pero esto no es malo. Sin embargo, cuando la fusión no es útil, es importante tener alternativas: la defusión.

La defusión

La defusión te permite librarte de vivencias y acontecimientos internos angustiosos e indeseados, para pasar a considerarlos (sin juicio) como una mera actividad, fruto del funcionamiento mental.

Así, podrás conseguir que tu vida y tus experiencias sean mucho más felices y satisfactorias.

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