¿Tienes problemas a la hora de ponerle límites a quienes te rodean, no me refiero solo a tus hijos e hijas, sino a compis de trabajo, amistades, etcétera? ¿Terminas haciendo cosas que no te apetecen por no saber cómo decir que no, o cómo pararle los pies a alguien en concreto? ¿Sientes que la gente se aprovecha de ti? Pues si te apetece solucionarlo, te dejo unos consejitos más abajo.

¿Qué puede haber detrás?

Si te cuesta ponerle límites a la gente, puede deberse básicamente a dos motivos: que no tengas las habilidades necesarias para hacerlo, o que te dé miedo. Tal cual: miedo. A que piensen mal de ti, a que tenga consecuencias terribles, a que tus relaciones se estropeen, a hacer el ridículo… Escarba un poco, ¡a ver qué sale!

¿Cómo poner límites?

  1. Ten claras tus metas y tus líneas rojas. Esto es, si no sabes qué quieres, ni cuáles son para ti las peticiones o conductas inaceptables, difícilmente podrás tener una línea congruente de comportamiento, y terminarás cediendo ante peticiones tal vez abusivas.
  2. Aprende a decir que no. Fácil, redondo, sencillo. Bueno, vale, lo puedes adornar un poco. Prueba con un “no me siento cómoda o cómodo haciendo esto, lo siento”, o “preferiría hacer las cosas de tal forma”. Si esa persona es importante para ti, o tú eres de naturaleza conciliadora, te puede venir bien ofrecer alguna alternativa, del tipo “prueba a hablar con no sé quién”, o “¿has pensado en hacerlo no sé cómo?”.
  3. Antepón tus necesidades a las ajenas. No eres útil si estás hecho o hecha una acelga, así que priorizarte no es egoísta, es estratégico.
  4. Practica. La única forma de perder el miedo a las consecuencias es ponerle límites a las personas que te rodean, y ver qué pasa. Empieza por cosas sencillas, y ve complicándolo a medida que sientas más seguridad. Alerta de spoiler: ¡las relaciones mejoran! Al estar tú menos hasta las narices, y saber la otra parte cómo tiene que tratarte, todo es más fluido y más fácil.
  5. Busca información sobre técnicas de comunicación asertiva, y empóllate algún libro sobre este tema. En consulta suelo recomendar “Sí, puedo decir no”, y “Cuando digo no, me siento culpable” (este último es más viejo que un bosque, jejejeje), ambos de Manuel J. Smith.
  6. Presta atención a los mensajes que te mandas cuando estés exponiéndote a situaciones difíciles, porque es tu miedo hablándote. Fíjate en las barbaridades que te sueltas (por tremendistas, por irracionales, por inútiles o por injustas, me da igual), y la próxima vez, como ya te sabes el discurso, ¡pasa de ellas!
  7. Recompénsate cada vez que te reivindiques, aunque sea en la cola del banco.

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