Siguiendo a Beck, las preocupaciones son un estado mental que nos hace ver amenazas futuras donde no las hay, o si existen realmente, no son tan importantes como nuestra cabecita nos plantea.

Clasificación de las preocupaciones

Podríamos clasificarlas en dos ejes:

  • ¿Se trata de problemas imaginados, o son problemas realistas? Por ejemplo, si te preocupa que detengan a tu hija, sería un problema imaginario; sin embargo, si ya la han pillado varias veces por pequeños hurtos y menudeo, se trataría de un problema realista.
  • ¿Es una preocupación productiva, o improductiva? Es decir: darle vueltas a la cabeza buscando posibles soluciones, ¿te acerca a la meta, o a una gestión realista del problema?, ¿o únicamente te consume toda la energía?

¿Para qué sirve preocuparse?

Indudablemente las preocupaciones son útiles, porque con ellas ensayamos diferentes soluciones a los problemas que la vida nos plantea. Pero, ¡ojo! Solo son útiles las preocupaciones productivas ante problemas realistas o imaginarios. Es decir: es útil que te preocupe que te despidan porque están recortando la plantilla en tu trabajo, o por tu relación de pareja si lleváis dos semanas discutiendo por todo. El resto son preocupaciones descartables.

¿Cómo puedo neutralizar las preocupaciones?

Si quieres tener las preocupaciones a raya, no te saltes ninguno de los siguientes pasos:

  1. Evalúa el grado de control que tienes realmente: ¿qué factores o qué personas influyen en el problema?, ¿qué porcentaje depende únicamente de ti? Para esto quizás pueda servirte hacer un diagrama de sectores de todas las circunstancias que están influyendo en la situación específica que te trae por el camino de la amargura.
  2. Aprende a resolver problemas. Para ello puede servirte probar cosas distintas a las que venías haciendo, como:
    1. Buscar soluciones perfectas; déjalo, solo existen en Matemáticas.
    2. Pensar que todo es 100% culpa tuya, o tu responsabilidad. El complejo de Atlante pasa factura…
    3. Buscar explicaciones irreales a tus problemas.
    4. Trazar planes imprecisos y a voleo. Ir apagando fuegos como estrategia de solución de problemas no suele dar buenos resultados: párate y reflexiona.
    5. Descartar ideas porque sí. ¿Y si de esa idea nace la clave para la solución, o para tu tranquilidad?
    6. Buscar amenazas vagas del tipo “¿y si…?”.
  3. Corrige tus pensamientos catastróficos. Aquí está la madre del cordero (y para que surta efecto no puedes saltarte ninguno de los pasos):
    1. Haz una redacción poniéndote en lo peor (paso 1: identifica a tu bestia negra). Escribe un relato de la catástrofe más temida, y de las consecuencias que tendría para ti a todos los niveles.
    2. Dedica los mismos 30 minutos al día para preocuparte, y expresa tus preocupaciones libremente durante este momento. Me parece genial que lo hagas en voz alta (a solas, preferiblemente, para poder desbarrar todo lo que quieras), que lo grabes, o que lleves un diario de preocupaciones. Únicamente durante ese momento. Si antes o después de tu horario reservado a las preocupaciones aparece alguna, tendrás que hacer el paso 2: Escarlata O’Hara, o lo que es lo mismo, postergar esa preocupación hasta que llegue el momento prefijado (porque como bien decía Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó: “ya lo pensaré mañana; después de todo, mañana será otro día”).
    3. Haz un plan de decatastrofización. Una vez hechos los pasos 1 y 2, y siempre poniéndote en lo peor, escribe medidas prácticas, realistas y concretas que podrías utilizar en caso de que tu bestia negra se aproxime. Es algo así como un plan de emergencia, que te dará seguridad, te pondrá en tu sitio respecto al grado de control que tienes sobre las situaciones, y te ayudará a tolerar la incertidumbre.
  4. Deja de pensar que cualquier tipo de preocupación es útil y te acerca a la resolución de tus problemas. Ya viste al principio que no es así.
  5. Acepta, aplaza y normaliza tus preocupaciones. Deja de comprobar que todo está bien, y para cuando te des cuenta de que le estás dando vueltas a las cosas.
  6. Acepta la incertidumbre como parte consustancial de la vida. Reflexiona sobre toda la angustia que los “y si” de tu bestia negra te produce. Ahora párate a reflexionar sobre todas las situaciones en las que te enfrentas a la incertidumbre: cocinando (se te puede quemar), conduciendo (alguien se puede saltar un ceda el paso), caminando por la calle (puedes doblarte un tobillo por una irregularidad del terreno), y no te angustias tanto, ¿verdad? ¿Qué tal si metes un poquito más de incertidumbre en tu vida? Prueba recetas nuevas de cocina, deja que conduzca otra persona, o cambia tus recorridos por la ciudad sin utilizar el GPS.

¡Espero que todo esto te haya servido de inspiración para empezar a cambiar! Ahora, ¡manos a la obra!

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